miércoles, 11 de septiembre de 2013

Desestrés Laboral (Relato erótico)


Hace frío en la calle y una corriente de mil narices y yo aquí trabajando, sintiendo el frío Alemán de Múnich en toda mi oreja. Es lo que tiene ser acomodador en el Allianz Arena, normalmente estás calentito dentro del recinto sin hacer nada, pero cuando te toca en las puertas, cortando las entradas y controlando los accesos, acabas hasta la polla de todo. 

Por suerte, el espectáculo está a punto de empezar, un circo bohemio canadiense que no ofrece nada nuevo al ya muy visto circo actual. Son dos semanas las que se va a quedar el espectáculo en la cuidad, llevando ya 3 días, y ya estamos todos cansados de tanto payaso, acróbata y de tanta “Alegría” en el ambiente. Me asomo al exterior, a ver que se cuece entre los “seguratas”, y ahí te veo, de pie, a mi derecha, con cara de un aburrimiento insoportable, típico de llevar dos horas viendo pasar a extraños sin más novedad que algún “hallo” o algún “tchus” tan espontáneos como raros. Te das cuenta de que te estoy mirando y sales de tu estupor, dedicándome una sonrisa picará a la vez que me giñas el ojo. Tus ojos ahora brillan.

- ¿Que? ¿Aburrida?

- Si, tío, a muerte…

-¡Va, que ya nos queda poco para meternos dentro y vaguear un rato!

Y es que los controladores de accesos, al acabar el turno de entrada se dedican a dar vueltas alrededor del estadio, controlando las salidas de emergencia hasta que acabe el espectáculo. O lo que es lo mismo, no hacer nada de nada hasta que empiece el siguiente turno de cortar entradas. Parecemos españoles, escaqueándonos del trabajo a la primera de turno.

- Venga chicos, ya podéis cerrar e iros a dar paseos – nos dice el jefe de puertas y acto seguido, cerramos las puertas de acero del Allianz Arena y metemos en el estadio, dentro ya ha empezado la función.

- ¿Oye, yo voy a por una botella de agua a la garita, te quieres venir? – me dices con un deje suplicante.

- De acuerdo, así desconecto un rato, que ya me hace falta – y los nos reímos con complicidad.

Hace ya varios días que te tengo fichada y que cruzamos las miradas al vernos por los pasillos, las puertas, y no sería ya la primera que me tocas el hombro o la cintura al pasar por mi puerta, acompañando a algún despistado con entradas en mal estado. Tu pelo liso y rizado, cae armoniosamente por tu espalda… Es muy raro ver a una morena azabache aquí en Alemania, por eso me llamaste la atención, además de una carita lasciva que suplica sexo sin decir nada, que pide a gritos un rato de placer para salir de la monotonía diaria.  Me dijiste anteayer que tienes los 18 recién cumplidos, pero tu cuerpo y tu cara tienen pinta de saber ya de los placeres de los adultos, de mucho antes de esa edad. Es prácticamente imposible no fijarse en ella y no notar como tu miembro empieza a levitar. Lástima que una chaqueta larga y abultada disimule tus curvas, así que no tengo un atisbo de tu figura.

Estamos en el segundo piso, camino de una habitación situada en una planta intermedia, donde los chicos de seguridad tienen sus enseres y refrigerios y por sorpresa, al bajar por las escaleras, sigues bajando hacia el primer piso en vez de detenerte en el rellano intermedio. Te giras y al ver mi cara de desconcierto, me dices que te siga. No ha sido una sugerencia, ni una súplica. Ha sido una orden. Me acabas de ordenar que te siga, sin darme opción a rechistar. Mi miembro empieza a ser algo molesto dentro de mi pantalón. Seguimos bajando y al llegar al primer piso, tomas la dirección de los lavabos.

- Ven, acompáñame, que tengo que hacer una cosa aquí – me dices en el mismo tono autoritario que antes. Y yo, como buen subordinado, te sigo sin preguntar. Al ver que te diriges al lavabo de señoras y que yo aminoro la marcha, te giras y cogiéndome del brazo me dices que entre, que no pasa nada, a la vez que me arrastras al interior. Entramos y miras que no hay nadie en ninguna de las puertas. Vacío. Estamos solos. Y sin darme opción a decir nada me empujas al interior del retrete más cercano, cerrando la puerta con pestillo detrás de ti. Mi polla está a punto de estallar, pero aún sigo desconcertado… ¿Qué coño quiere esta tía? ¡Ni siquiera me has dicho tu nombre! Pero antes de que pudiera preguntar, me estampa contra pared y me besa con fuerza, metiendo su lengua lo más dentro que puede. Noto como escudriña cada rincón de mi paladar, como luchan su lengua y la mía, como se mezcla mi saliva y la suya… Y como agarras con fuerza mi paquete, con fuerza, pero sin hacer daño, palpándola y acariciándola con tesón y autoridad, como si más que una auxiliar de seguridad, fueras una experta en las artes del placer.

Y entonces, paras por un segundo, para quitarte esa chaqueta tan fea, que solo puede dar una empresa de seguridad y para mi sorpresa, lo que me encuentro, me quita el hipo. Unos pechos abundantes, firmes y redondos, que destacan en una camiseta de lycra muy ajustada que te marca descaradamente unos pezones en posición de guerra. Tiras la chaqueta al suelo, te giras y me enseñas tu culo, redondo y respingón, en forma de manzana y muy bien colocado, acompañados de una caderas no muy anchas, pero firmes, de alguien que está acostumbrada a hacer mucho ejercicio y aguantar mucha horas de pie. Lo mueves y acto seguido, lo colocas justo encima de mi miembro y empiezas a moverlo, haciendo círculos para acto seguido, encajarlo entre tus dos nalgas. Me estás pajeando con tu culo. Un assjob en toda regla. Y yo no puedo evitar coger tus pechos y estrujarlos, manosearlos, intentar aprenderme cada curva, cada rincón de ellos. Masajeo tus pezones y sueltas un pequeño gemido, mientras jadeas por el esfuerzo de subir y bajar tu culo con rapidez. Se nota que no es la primera vez que haces esto. Yo aprovecho y bajo muy lentamente mi mano derecha hacia tu coño. Primero lo palpo por encima, como catando a ver cómo está el guiso y por fuera de los leggins que tan apretados que llevas, empiezo a acariciar tu zona clitoriana, haciendo círculos a ritmos descompasados. Tus gemidos empiezan a ser casi delatadores si alguien entrase en este lavabo. ¿Pero como voy a pensar en ello, con tan poca sangre en mi cerebro?

En vez de pensar, lo que decido, es meter mi mano derecha, aun mas dentro de tu templo y para ello, paso por debajo de tus leggins, y tus bragas y dios... ¡Estás tan mojada! Las bragas casi ya no pueden absorber todo el flujo que emana de tu coño, y mis manos rápidamente se ven envueltas en tu dulce líquido. Acaricio con mi dedo índice tu clítoris, fácil de encontrar de lo excitado que está y con mí de dedo medio, voy haciendo tentativas en tu agujero vaginal. Cada vez que me acerco a él, suenan varias tentativas de gemido, los cuales reprimes al momento dado que ni a ti ni a mi nos interesa que nos oigan. Y eso te excita aún más… Me miras, con los ojos húmedos y brillantes, pidiéndome con la mirada que entre y satisfaga tu libido. Me pides con la mirada lo que no puedes decirme a gritos. Tus deseos son órdenes. Hago entrar de un golpe seco mi deño en tu vagina, mientras sigo machacando con mi índice tu clítoris con tesón. Tú te retuerces mas acariciando mi polla con tu culo casi perfecto. Hago entrar y salir mi dedo, acariciando cada rincón de tus paredes vaginales, tú aprietas más tu cuerpo contra el mío, me rodeas con tu brazo izquierdo, y como una posesa, aumentas el ritmo de tus caderas, a un ritmo casi infernal. Mi miembro está a punto de estallar de placer, tu coño está cada vez más húmedo, casi empapado y los dos solo queremos más y más…

Y de repente, suena un teléfono…

Se hace un silencio nervioso en este lavabo en el cual estamos escondidos e instintivamente, nos miramos nerviosos. ¿Qué coño pasa? Miro a ver si es mi teléfono pero no, notaria la vibración muy cerca de miembro, dado que a pesar de todo aún tengo los pantalones puestos. Me paro un poco a escuchar y descubro que el ruido viene de su chaqueta, la cual está tirada en el suelo, con claros signos de haber sido pisoteada durante nuestra lucha particular. La coges y buscas el teléfono, primero en el bolsillo derecho y después en el izquierdo y con cara de alivio inquieto, lo sacas de dicho bolsillo. Pero al ver el nombre del remitente de la llamada, te pones pálida y blandes unos ojos como platos. Aún así, coges el teléfono.


- ¿Si? – Preguntas – Si… Estoy en el lavabo, que me encuentro un poco mal… Si, ahora iré para allá, no te preocupes… Que si, hasta luego, mama. – Y ahí es cuando a mí se me viene el mundo encima. ¿Su madre?


- Mi madre, que quería saber dónde estaba – me dices con naturalidad.

- ¿Y que hace tu madre llamándote al curro, no sabe que estas ocupada? – respondo

- ¡Ostia!, se me olvidó decírtelo, mi madre es la Jefa de los de Seguridad– me dice con cierta sorna.

Inmediatamente, comienza a caer un sudor frio, helado, por todo mi cuerpo. ¿Es la hija de la Jefa de los Seguratas? Estoy tocándome con la hija de una de mis jefas, en los lavabos del sitio donde trabajamos, un estadio de espectáculos donde obviamente, se armaría un escándalo de mil narices si nos pillarán.

- Joder, en que marrón me acabó de meter. – digo con obvio nerviosismo

- Tu tranquilo, guapo, – y de mientras dice eso se agacha, poniendo su cara a la altura de mi entrepierna, baja la cremallera de pantalón de pinza, saca mi miembro y comienza de nuevo a acariciar mi pene, el cual tras estos sucesos, está bastante más relajado que hace 5 minutos - que en un momento te acabo y volvemos para arriba.

Y acto seguido, empieza a lamer la punta de mi glande semi-erecto, describiendo círculos con la punta de lengua, a la vez que masajea mis testículos con una mano. La otra la tiene ocupada en su coño, machacándose con fuerza el clítoris mientras empieza a darme placer oral con su boca carnosa. En un par de lametones más, mi pene vuelve a estar listo para dar guerra y cuanto tú lo percibes lo introduces, a la vez que sueltas un pequeño gemido, en tu cavidad bocal. Noto como la punta de mi falo toca en la parte superior de tu paladar haciéndome retorcerme de placer y como tu lengua acaricia cada rincón de mi aparato al que puede acceder desde el interior de la boca. Subes y bajas, dejando cantidades descomunales de saliva en mi polla, tanta que gotea y cae al suelo formando un pequeño charco, mezcla de baba y fluido pre seminal. Y yo estoy al borde del colapso nervioso, nadie me había trabajado el aparato con la boca de esta manera, la punta de pene siente un torbellino de placer y orgasmos, siente cada parte de tu boca y tu lengua a cada centímetro de mi piel. De pronto me percato de que tú también estas gimiendo, emites un gemido ahogado por mi polla sedienta de placer en tu boca y tu cada vez te tocas con más fuerza e intensidad, metiendo 2 o 3 dedos en tu vagina a la vez que describes círculos en tu clítoris de una manera poco normal en una chica de 18 años. Eres toda una experta, tan joven y ya tan adulta…

A cada momento que pasa, estamos más cerca del orgasmos los dos, cosa curiosa, porque en ningún momento te he penetrado, y es que a veces no hace falta que haya penetración para tener uno de los mejores orgasmos de tu vida. Orgasmo salvaje al que cada vez me haces estar más cerca. Sacas un momento mi polla de tu boca para lamer con ansias mis testículos e introducirlos con suavidad en tu boca, sacarlos de nuevo y acariciar con toda la superficie de tu lengua, cada centímetro de mi falo camino del glande y una vez allí, vuelves a introducirla en tu boca. Y yo no puedo disimular una cara de placer, unos ojos en blanco, blanco como el charco de fluidos que hay debajo de nosotros. No quiero correrme aún, quiero disfrutar un poco más de este pequeño momento en el cielo del placer, pero el tiempo apremia y tú lo sabes, y por ello aumentas tu ritmo, tanto en tu boca como en tu coño, subes las revoluciones de tu lengua moviéndose a una velocidad que jamás había visto ni sentido en mi miembro. Noto como cada vez estoy más cerca de eyacular, mis piernas ya tiemblan de placer, tus gemidos ahogados por un enorme trazo de cuerpo cavernoso en tu boca retumban en el pequeño lavabo, anunciando que tu también estas cerca del clímax.

Yo ya no puedo aguantarme más y con todo mi cuerpo temblando, dejo salir toda mi leche dentro de esta boca prodigiosa, e intento ahogar lo mejor que puedo, los gritos de placer que como un cavernícola en celo, suelto a cada espasmo de la eyaculación. Y tú, ni corta ni perezosa, sigues dando guerra a este falo ya en declive, sigues pasando tu lengua por el glande ahora hipersensible debido al orgasmo, a la vez que recibes mi semen caliente por todo el interior de tu boca. Alzo un momento la vista y veo como tú también estás temblando, en cuquillas y como una serie de gritos ahogados salen de tu boca aun ocupada, a la vez que tu mano se clava con fuerza en tu vagina. Parece que los dos hemos llegado al orgasmo. Sin duda una muy buena faena.


Sacas tu boca de mi falo ya relajado y tragas todo mi semen de un golpe, como una verdadera maestra. Acto seguido, empiezas a jadear debido al esfuerzo. Yo cojo un trozo de papel y limpio mi pene flácido, del poco semen que quedaba aun por limpiar. Mientras, tú coges otro trozo de papel y te limpias de la boca los restos de semen que no has podido tragar y con el sobrante, te secas la vagina del flujo que has ido soltando todo este rato. Los dos nos acabamos de vestir, lo más rápidamente posible, entre jadeo y jadeo. Estamos tan cansados que no tenemos fueras ni para cruzar una simple palabra. Una vez ya vestidos, abrimos la puerta del lavabo y salimos, apresurados hacia nuestro puesto. Subimos las escaleras con mucho esfuerzo y entre jadeos, pasamos en medio de la multitud que va a los bares y terrazas a fumar. Cinco minutos más  y nos pilla el intermedio del espectáculo. Llego a la puerta a la cual estoy asignado y ella se me acerca por detrás, me pellizca cariñosamente el culo y me dice:


- Bueno, te dejo aquí, que me han cambiado a la puerta 4 durante el descanso – y acto seguido, se pone de puntillas, se acerca a mi oído y me susurra – que sepas que me ha gustado mucho este paseo. Luego, después de comer, repetimos, ¿eh guapo? – Y  me besa la mejilla muy discretamente, y se marcha, sin mirar hacia atrás…

Me parece que estás dos semanas de trabajo, van a ser más que interesantes.

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